Cuento

El Bosque

Un silencio aterrador paralizó a los dos hermanos ese día.

Ilustración vintage de campo, casona e higuerón

Video del relato

El Bosque.

Un silencio aterrador paralizó a los dos hermanos ese día. Habían salido, como siempre, a jugar. Su madre sabía; les advirtió —como era de costumbre— que no se alejaran demasiado, pero ellos no escucharon. Divertidos y muertos de risa pasaron las horas, y en un abrir y cerrar de ojos un manto de obscuridad los cubrió.

Habían escuchado tantas veces las historias que contaban los viejos del pueblo. Sabían que, cuando llegaba la noche, todos debían estar en sus casas. No era seguro el bosque. Había algo, una energía, algo malo que rondaba en la oscuridad. Ellos conocían esas historias y ahora estaban en el peor momento y lugar: ¡metidos en el corazón del bosque!

Parados en la espesa obscuridad, no podían verse; se tomaron de las manos, fuerte, tan fuerte que dolían los dedos. Juan, el mayor, intentaba mostrarse seguro para que su hermanito Tomás no pudiera darse cuenta de que estaba aterrorizado. Debían llegar a la casa como sea. ¿Qué estaría pensando mamá? Seguramente el peor de los escenarios: sus dos pequeños hijos a merced de esa cosa que no tenía nombre, pero a la que todos temían.

Los niños habían transgredido las normas; todos los sabían y cuchicheaban a escondidas; ni los hombres más corajudos del pueblo se animaban a ir en su búsqueda, solo quedaba rezar tan alto que el Dios que se había olvidado de ese pueblito perdido los escuchara, que el todopoderoso salvara a los dos niños perdidos.

Una cosa era cierta: no eran los primeros en adentrarse en el bosque para nunca más volver; nadie hacía preguntas, nadie buscaba esas almas, nadie las reclamaba; en una agonía sin fin los habitantes del pueblo se entregaban.

Juan y Tomás estaban solitos en la total oscuridad y en absoluto silencio; hasta contenían la respiración y sin parpadear, ¡inmóviles! para detectar el más mínimo sonido: unas ramas moviéndose a lo lejos, algún bichito…Mirando hacia la nada, de repente algo pasa; se les ponen los pelos de punta a los dos, aprietan los dientes y las manos; no pueden emitir sonido, solo un agónico y mudo terror.

Tomás siente sobre su hombro como una pesada, pesadísima mano que lo toma por detrás…por fin gritan con todas sus fuerzas, haciendo que los pájaros volasen en todas direcciones y no se supo más de ninguno de los dos.

Un silencio aterrador cubre el pueblo. Hoy todos están mudos, solo se siente en el aire el alma vacía de niños y de Dios.

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